Borrar ya no da miedo. Lo que borras va a una papelera y se recupera durante 30 días —clientes, facturas, presupuestos, lotes— con quién lo borró y cuándo. Pasado ese plazo sí se elimina de verdad.
Una factura emitida es una factura emitida. Ni se borra ni se edita, y los números no dejan huecos aunque abras y cierres el formulario. Si hay que corregir, se hace como manda la ley: con una rectificativa, que el CRM te ofrece en el mismo botón.
Cuánto te deben, cuánto entra y cuándo. Anota cobros parciales y el estado se actualiza solo. La previsión de tesorería no adivina: usa lo que queda por cobrar, los vencimientos reales y el ritmo con el que te paga cada cliente.
Sabes quién se está enfriando antes de perderlo. Cada cliente se marca activo, en riesgo o inactivo según su propio ritmo de compra —no con la misma regla para todos— y la etiqueta siempre te dice por qué.
Un gasto tuyo lo corriges tú. Las facturas de gasto se editan y se borran con libertad; solo se congelan cuando ya se las has entregado a tu gestoría, y aun así puedes seguir tocando la descripción, las notas y el justificante.
Cada empresa, aislada. Tus datos van acotados por organización en la propia base de datos: un usuario de otra empresa ve cero filas de las tuyas. Y todo vive en servidores de la Unión Europea.